jueves, 15 de enero de 2015
No pasaran los dias tan tristes si me leo un cuento todas las noches.
Tome uno de los hilos que salia de mi rostro y jale de el, como quien estira del hilo que pende de la aguja al coser.
Quize coser los zurcos triztes, zurcir el fruncido seño.
Me borde unas rizadas pestanas con hilos de colores, me di cuenta de que yo era una mujer.
No era un protozoo, ni una celula, tampoco un dinosaurio.
Mire fijamente mis pechos y con los hilos rosados me teji unos pezones.
Tome otro de los hilos que pendian de alguna parte, con el tiempo se han hecho tantos, de tanto enredo.
Mi cerebro es un dulce gorrito tejido que me protege contra los tiempos frios de la incertidumbre.
Pero no te puedo negar que es viejo y deshilachado. El corazon es de carne, pues bombea sangre y de el me alimento. En el, no hay ficcion mas que la de haber imaginado todo mi cuerpo que con hilos que se cosen y descosen al compas de su zig zageo. Es una hermosa maquina de coser de esas antiguitas.
Aveces jalo los hilos, todos al mismo tiempo y mi semblante cambia, pero no cambia en mi, ni para mi, cambia para ese que me obserba, y me convierto en el titere favorito de aquel que me da un significado. Todo este sucede en un instante, pero sucede, tanto como esta sucediendo en mi esta noche, en la que escribo-bordo en la espalda del otro,ese otro ser que a mi me invento.
Lo llame papa y lo llame mama, o asi me los llamaron. Traian sus nombres bordados en una etiquetita cuando los compre en un tianguis lleno de estambres de colores.
Yo no habia nacido, pero me parecio imprecendible no precindir de ellos para esta nueva aventura que comenzaba, donde yo seria la maestra costurera.
El se llamaba Rene y ella Elia y es aqui donde empieza el cuento bordado a mano y en papel.
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